Creer en la comunicación no es más que palabras. Eso, tan
pequeño y tan inmenso.
¿Cómo sería posible no creer en la comunicación?
Intentemos pensar un mundo posible sin comunicación. O vayamos más profundo:
Intentemos pensar sin comunicación.
Busque una flor, una nube, la montaña, el suave pasto. La
brisa dibujándole filigranas en el pelo. Señale el sol en el horizonte,
flotando en el sabor del aire en sus pulmones. Acaricie entre sus dedos un
secreto, un recuerdo, un espacio de placer.
De los condimentos esenciales no podré hacer mención. En
el juego de dejarse llevar, usted ha colocado el frío o el calor, la amargura o
el dulzor. Tal vez haya cambiado el pasto por la arena y de la montaña solo
quede una ola en el mar.
¿Cómo no creer en la comunicación?
De un impulso inicial brotó el color y del color, la
primera imagen mental. De las palabras el eco y con el eco, la forma. Lo que se
ha creado en su cabeza escapa totalmente de mí, que acaso le pedí una flor.
El verdadero poder de la comunicación, en sus múltiples
manifestaciones, no reside en aquello que digo (o hago), sino que se acomoda en
una instancia mucho más compleja: la comunicación es creación.
¿qué ha hecho usted con lo que le dije?
Las palabras y las acciones hacen magia mucho más allá de
las manos del prestidigitador: la comunicación construye sentidos.
Y el sentido, los
sentidos, nos atraviesan y nos hacen, nos perduran y nos cambian. Nos mueven.
El complejo
fenómeno de la comunicación no se agota en lo que se entrega, en el mensaje, en
lo dicho, en lo hecho: apenas comienza la maravillosa construcción.
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