jueves, 28 de marzo de 2013

Organizaciones, mundos dentro de mundos


              La Real Academia Española define organización como “Asociación de personas regulada por un conjunto de normas en función de determinados fines”, “Disposición, arreglo, orden”.
            Me resulta inevitable pensar a las organizaciones como elementos vivos, dinámicos, con rasgos constantes y otros variables, imprevisibles. Profundamente interesados en la propia supervivencia y el crecimiento, con amenazas internas y externas en un marco de interrelación necesaria con los componentes que la construyen por dentro y las que la moldean por fuera.
                Una organización no puede resumirse en una suma de individuos, de grupos, de oficinas o de áreas. Todos esos elementos interactúan necesariamente y conviven en una interdependencia más o menos estable y armónica para perseguir un fin, oficialmente, en común.
            Ahora bien, esta relación necesaria entre elementos se produce también con el entorno externo. Siguiendo el razonamiento de François Petit en “Psicosociología de las organizaciones”, toda organización se sumerge en un entorno de varias dimensiones: física, tecnológica, económica, política, cultural, etc., que no es ilimitado y hace referencia específicamente a los elementos del entorno general que están efectivamente en relación con la organización.
    Una organización es “una unidad social coordinada conscientemente, compuesta por dos o más personas, que funciona como una base relativamente continua para lograr una meta común o un conjunto de metas.”[1]
En líneas generales, las concepciones sobre lo que es una organización apuntan a definirla a partir de ciertos elementos: la presencia de un conjunto de personas o voluntades; una estructura o tejido que relaciona y le da coherencia al trabajo mancomunado, y la existencia de una serie de objetivos, finalidades o propósitos para cuyo logro se crea la organización.
Para poder funcionar, toda organización necesita de recursos financieros, técnicos, económicos y humanos.
Pero para que una organización alcance sus metas y logre un beneficio, no sólo debe contar con los recursos necesarios, sino que también los debe usar con efectividad. La efectividad con que los empleados hagan aportaciones para la empresa, depende en gran parte de la calidad de la administración de los mismos y de la capacidad y disposición de la dirección para crear un ambiente que promueva el uso efectivo de los recursos humanos de la organización[2]
Para pensar las organizaciones desde la perspectiva comunicacional, voy a compartir la postura de Bronstein, Gaillard y Piscitelli, quienes señalan que existen dos principios que guían la mirada propuesta.
En primer lugar, toda organización social es una forma en el dominio lingüístico.
Así, los autores señalan que a partir de un proceso conversacional, los participantes aceptan las consecuencias del diálogo en el cual se crea una organización. La existencia de una organización no está dada por el espacio físico que ocupan, ni por su fachada, ni por sus oficinas, sino por las conversaciones que la mantienen viva. Su existencia está definida por la red conversacional que la constituye. Por lo tanto, una organización existe en el dominio lingüístico.
Apelando a esta forma de comprender a las organizaciones, “la materia prima sobre la que se trabaja está dada por las conversaciones que conforman una red en la cual podemos distinguir nodos cuya estabilidad define la forma particular de la organización considerada.”[3]
Las organizaciones deben entenderse como una forma en el dominio lingüístico, lo cual implica pensarlas más allá de su presencia física-material.
En segundo lugar, toda organización social es una red cognitiva. Este segundo principio  nos permite entender cómo esta forma en el dominio lingüístico, establecida a partir de una red conversacional, es capaz de generar un contorno o “membrana conversacional” que nos permite distinguirla a pesar de los cambios que puedan producirse en los individuos que la constituyen.
Hemos introducido la noción de membrana organizacional, lo que nos aproxima a la concepción que proponemos de pensar a las organizaciones como mundos dentro de mundos.
Esa membrana, construida y sostenida en el dominio lingüístico, en las palabras, las conversaciones y los acuerdos generados, es una analogía biologicista que referencia las cualidades de las células. La tarea de delimitar y a la vez interrelacionar el interior de la organización con el entorno en un funcionamiento semipermeable le posibilita mantenerse en el tiempo y lograr la supervivencia.
Hacia el interior de la membrana se procuran conservar los rasgos propios que permiten, aún cuando puede cambiar el objetivo o la misión de la organización, no perder el nexo que los mantiene funcionando y sobreviviendo, su identidad y una cultura. 
Podemos caracterizar dicha noción con el nombre de clausura operacional.
Por clausura operacional entendemos una clase particular de organización que se caracteriza por tener como variable homeostática fundamental (su “objetivo” básico) seguir existiendo. Podemos así hablar de la organización egoísta. Todo sistema, distinguido a partir de ciertos criterios, presenta dos aspectos complementarios: su organización, que son las relaciones necesarias que lo definen, y su estructura, que son todas las relaciones entre los componentes que lo integran como tal. [4]
           Ahora bien, si cada organización tiene características propias, que le dan unidad y que la diferencian del resto pero que no los aísla del entorno sino que la mantiene en contacto y en equilibrio, resulta necesario indagar en la naturaleza de su interioridad.


[1]  Robbins, Stephen P., “Comportamiento Organizacional”, Ed. Prentice Hall, México, 1999
[2] Sherman, Arthur W., Bohlander, George W., “Administración de los Recursos Humanos”, Ed. Iberoamérica, 1994.

[3] Bronstein, Gaillard y Piscitelli. “La organización egoísta”, en: Delgado, Juan Manuel; Gutiérrez, Juan. Métodos y Técnicas de Investigación en Ciencias Sociales. Ed. Síntesis Psicológica, Buenos Aires, 1995

[4] Bronstein, Gaillard Y  Piscitelli. “La organización egoísta”, en: Delgado, Juan Manuel; Gutierrez, Juan. Métodos y Técnicas de Investigación en Ciencias Sociales. Ed. Síntesis Psicológica, Buenos Aires, 1995

Comunicación, esa palabra


En primer lugar, y sin poder ser de otra manera, quiero introducir a la Comunicación sosteniendo dos axiomas base: La comunicación es una práctica sociocultural de producción de sentido y “Es imposible no comunicar”. Podemos concebir a la comunicación desde la cotidianeidad, en su uso diario. Y podemos entenderla como una profesión abocada a la gestión de los mensajes que se emiten y se reciben, los signos y los significados que construyen en una red de semiosis infinita: siguiendo a Peirce,  la manera como pensamos, como significamos, como hacemos sentido.
En la misma dirección, Eliseo Verón nos dice que el sentido de la comunicación no se construye sólo desde el emisor en tanto condiciones de producción, sino también desde las condiciones de reconocimiento, como instancia de recepción. En esta interacción entre quienes producen y quienes reconocen aparece un circuito de interrelaciones, subjetividades, sentidos que se construyen, se negocian y se disputan.
Entiendo a la Comunicación como una disciplina y una perspectiva de abordaje factible de ser aplicada a cualquier práctica social. Desde una mirada analítica pero también como postura para construir un modo de intervención, planificado y estratégico, con la finalidad de generar procesos de cambio que atraviesen las relaciones comunicacionales.
Esas relaciones comunicacionales, siguiendo a Washington Uranga, son “situaciones de comunicación que no se limitan a la interacción entre un emisor y un receptor, sino que están inmersas en un todo significativo que se manifiesta por medio de distintos discursos, los cuales pueden contradecirse, sin dejar de pertenecer por ello al todo. Una relación de comunicación comprende las relaciones intrapersonales (yo conmigo mismo), grupales, sociales en general; las circunstancias económicas, políticas, culturales, el  desarrollo de ciertas tecnologías, de ciertas formas de enfrentar y resolver los problemas de la naturaleza de la sociedad”.[1]

No existen instituciones que no comuniquen, en todo caso es posible que no planifiquen sus comunicaciones.



[1]           Uranga, Washington. Gestionar desde la comunicación. Cátedra Procesos de la Comunicación, Facultad de periodismo y Comunicación, UNLP, La Plata, 2003.